Somos el mayor peligro para el perro. Le hemos traicionado de una forma sutil pero cruel. Creamos perros enfermos en los físico, parias en lo social,  débiles en lo mental, para después, por si aún quedaba algo, aplicarles una dulce lobotomía con color de “chaquetita rosa que te ha comprado tu mami para cuando llueve”.

¿El objetivo? Reprimir cualquier atisbo de instinto y anular las funcionalidades que lo han convertido en el mejor amigo del ser humano, en su infatigable colaborador para decenas de tareas.

Los mezclamos a nuestro capricho, debilitando más y más su genética, guiándonos únicamente por modas, buscando apariencias, deformidades y tamaños que van en contra de la propia naturaleza, creando esperpentos que no se reconocen a sí mismos y a los que hemos usurpado la capacidad de comunicarse con sus congéneres. Potenciamos enfermedades por el simple antojo de querer un perro con una u otra forma, a cada cual más exagerada e inútil.

Y además, tenemos una imagen absolutamente equivocada de lo que es un perro: que necesita, cuáles son sus instintos y conductas que los satisfacen, sus propias motivaciones. No nos importa.  Queremos un peluche, pero nos compramos (o adoptamos)  un cazador. Un cazador al que milenios de relación simbiótica empujan a estar nuestro lado.

¿Pero estar cerca a cualquier precio? Un perro, también tu pequeño York Shire, necesita acechar, oler, perseguir, morder, matar y comerse a las presas (o al menos simular que realiza algunas de estas conductas mediante el juego), relacionarse con los de su especie, enfadarse, ponerles a raya o jugar con ellos, investigar, marcar árboles y farolas.

También necesita sentirse útil, estimularse y aprender, ser funcional, ganarse el pan. Y sin embargo, millones y millones de perros malviven de espaldas a su naturaleza por una única razón: queremos un peluche, no un perro.

Algunos perros lo toleran. Quizás hasta les llegue a agradar esa vida. Tal vez simplemente se han rendido y han dejado de luchar. Algunos parecen caminar como si estuvieran resignados a su suerte. Quizás es sólo que les compensa dejarse manosear, disfrazar, acunar y todas esos excesos que vemos a diario por conseguir alimento, seguridad, cobijo y un poco de vida social (aunque ésta sea enfermiza desde el punto de vista del perro).

Muchos otros perros, en cambio, permanecen fieles a muchos de sus instintos y conductas propias. Y ahí surgen los problemas… Para el perro, claro.

Ha gruñido, es agresivo, corre tras las bicicletas, ladra, llora, se ha comido la pata de la mesa… Bien, de acuerdo. Exceptuando algunos casos en los que surgen conductas patológicas fruto de una mala crianza, una mala educación o ambas, escucha: simplemente, tu perro es un perro. ¿Como puede sorprendernos que un perro haga cosas de perro? ¿Como puedes disgustarte porque tu Border Collie, seleccionado durante generaciones para acechar, perseguir y rodear, no pare quieto un instante? ¿Y sacarte de tus casillas que el Malinois de un año que te has llevado de la protectora se haya comido medio salón? ¿Te decepciona como la traición de un amigo que el Fox Terrier que le compraste al niño te ha enseñado el colmillo al intentar bajarle del sofá cuando lleva años haciéndolo?

Por no hablar de los ejemplos anteriores en los que el perro acaba “dormido / eutanasiado” (falsedad y mierda de eufemismos).

El día que se realice un estudio serio sobre los motivos y circunstancias que llevan a un perro a amenazar o atacar, el primer puesto quizá se lo lleve la falta de conocimientos por parte del tutor para educar y satisfacer lo que necesita al perro que ha elegido. Y el segundo la ignorancia del que molesta, asusta o amenaza al animal sin entender que previamente le ha enviado muchas señales de incomodidad o aviso. Suele pasar que ambas circunstancias coinciden. Un 80% de los ataques de un perro se dan en el hogar, según diversos estudios.

Y ante este panorama, con el perro absolutamente integrado en nuestra cotidianidad, ¿sería descabellada una formación obligatoria para cualquiera que quiera tener un perro, sea un Mastín o un Pomerania? ¿Por qué no se exige a quien quiera un perro entender previamente cómo piensa, que le motiva, que necesita… en definitiva, conocer  la naturaleza del que será su compañero durante un buen puñado de años? Parece una medida relativamente sencilla que traería de forma inmediata consecuencias positivas para todos:

  • Estudiar, aprender, esforzarse es una barrera de entrada para aquellos que quieren un perro por antojo, arrebato o moda.
  • El perro estaría mejor atendido, manteniendo una relación con su entorno y grupo en sintonía con su propia naturaleza.
  • El tutor tendría la oportunidad de convivir, comunicarse, comprender  y crear un irrompible vínculo con un animal fascinante.
  • El número de incidentes y malentendidos, fruto de la ignorancia humana en relación a los perros, se desplomaría y en consecuencia, también lo haría el número de abandonos y sacrificios.

En definitiva, la traición a la que hemos sometido al perro, al menos en parte, sería reparada. No lo quieras más. Quiérelo mejor.

Jon Arraibi

Jon Arraibi

Adiestrador, educador Canino y técnico en gestión de conducta reconocido por la ANAP (Asociación Nacional de Adiestradores Profesionales).Director del Espacio Dog Train Cantabria.Psicopedagogo y Periodista especializado en fauna salvaje y naturaleza. Responsable del Podcast "La llamada de Buck".